
Un “paleolibertario” del Reino Unido me recordó mis primeras lecturas de Ortega y Gasset, en los 70, cuando mi edad dificultaba la plena intelección de lo que el gran filósofo español explicaba de los cambios en Europa en el confuso y convulso interregno entre las guerras mundiales.
Al publicar “La rebelión de las masas” en 1930, dos décadas antes de la distópica novela “1984” de Orwell, el autor ni sus lectores podían imaginar ni vislumbrar que, pasado el primer cuarto del siglo XXI, su descripción del “hombre-masa” sería espeluznantemente similar a personas actuales modeladas por la Internet, las redes sociales y el desprestigio de muchos valores de la cultura occidental, judeocristiana y grecolatina.
Ese ciudadano descrito por Ortega no era denominado por su condición socioeconómica, como los trabajadores del tardío capitalismo ibérico. Del post en inglés sobre Ortega tomo esto: ese hombre-masa es “la persona común plenamente satisfecha consigo misma, que no exige nada superior a su propio carácter o pobre intelecto y que, sin embargo, insiste en que su mediocridad sea tratada como un derecho”. ¿Luce profético? Más que Orwell.
Sigo: “No reconoce la excelencia, la competencia ni los estándares elevados; al contrario, contempla eso con recelo y resentimiento. Lo que era considerado un privilegio de pocos —influencia política, autoridad cultural, el derecho a arbitrar en la sociedad— este ser adánico lo reclama como si le correspondiera por derecho natural, sin esforzarse para superar su opaca medianía ignorante”.
Estas personas, decía Ortega, surgían (¡hace un siglo!) por el éxito de la civilización moderna. Y, en vez de admirar o aceptar la autoridad del acervo cultural, las virtudes cívicas y los progresos sociales, exigen reducirlo todo a su bajura y tosca incivilidad.
Ortega advirtió que ninguna civilización o sociedad sobrevive si las masas no respetan y desconocen la legalidad, si “la excelencia se socava, las instituciones se degradan y la política es expresión de resentimiento sin responsabilidad”. Nada peor que la mediocridad pagada de sí misma…
