
Hay pocos países bendecidos por tantos recursos minerales como la República Dominicana. Tenemos oro, plata, hierro, níquel, cobre, bauxita y otros metales. Quizás hay tierras raras.
Hay vetas donde mana petróleo de baja calidad y gas natural. Tenemos yeso, sal, granito, mármol, caliza y agregados para construcción. Hay fábricas de cemento con capacidad para exportar.
El ámbar, el larimar y otras piedras semi-preciosas abundan. No extraña pues que la actividad minera se haya consolidado como el sector de mayor crecimiento de nuestra economía, con un aumento interanual de 18.1 % en junio, según el Indicador Mensual de Actividad Económica del Banco Central.
Este saludable desempeño, sin embargo, no resulta de estímulos estatales al desarrollo de nuevos proyectos ni la facilitación de la extracción, beneficio y transformación de estos recursos, sino del alza de precios en los mercados internacionales, por la inestabilidad y tensiones geopolíticas.
El ministro de Energía y Minas, Joel Santos, destacó que la minería ha crecido 11.3 % durante el primer semestre del año, siendo la actividad de más dinamismo.
Este desempeño ha contribuido al crecimiento interanual del PIB de 6.4 % en junio y un acumulado de 4.5 % entre enero y junio de 2026.
Es fácil imaginar cuánto más podría aportar la minería a un mayor crecimiento si el Gobierno tuviera entre sus prioridades facilitar en vez de obstaculizar, por temor a falsos costos políticos, esta transformadora actividad que atrae inversión foránea directa y genera riqueza, impuestos, empleos y otras bondades deseables.
También está pendiente una posible revisión de cómo se cobran impuestos, tasas y canon, a empresas mineras por sus extraordinarias ganancias. A veces las obviedades se pierden por tanta claridad.
