
Me alegró ver los felices rostros del presidente Abinader y la primera dama Raquel Arbaje al inaugurar el domingo el esperado paso subterráneo de la Plaza de la Bandera, en la siempre congestionada intersección de las avenidas 27 de Febrero y Luperón. La inversión fue de RD$3,300 millones, fondos de la renegociación de la concesión aeroportuaria con Vinci/Aerodom.
La construcción se realizó en menos de 18 meses, como resaltó orgullosamente el ministro de Obras Públicas, Eduardo Estrella. Contó con la supervisión de reputados veedores honoríficos y la colaboración de calificados urbanistas como el arquitecto Christian Martínez, autor del diseño original de la plaza que quedó inalterado.
Según Estrella, el túnel, con longitud de 1.2 kilómetros, fue diseñado para que transiten unos 2,500 vehículos por hora en los momentos de mayor flujo.
Su propósito, reducir el congestionamiento y ahorrar tiempo al viajar entre las áreas costeras del sur y el sector norte de Santo Domingo, al parecer fue apreciado de inmediato según los reportes de prensa de ayer lunes.
Creo que este tipo de obra, reclamada por gran parte de la población para descongestionar el caótico tránsito en la capital, formará parte importante del legado material del gobierno de Abinader.
Si pareja con ella la aplicación de macana legal para meter en cintura a policías indolentes y conductores delincuentes, motociclistas intocables y sindicalistas envalentonados, Luis completará un milagro permitido sólo a grandes estadistas. Está en él ir por más…
