
Algunos amigos me acusan de ser injusto con mis incesantes quejas por los subsidios indiscriminados que este y anteriores gobiernos han usado para atacar la pobreza y agenciarse votos al favorecer a cientos de miles de familias, entre ellas las que reciben luz sin pagar a las EDE.
Es cierto que algunos subsidios sociales, aplicados puntualmente y focalizados, son una legítima herramienta para asistir a los más necesitados.
Pero sus deletéreos e insidiosos efectos siempre pasan factura, a veces muy terriblemente. El profesor Milton Friedman, que para dicha mía pude disfrutar en Stanford hace casi medio siglo, lo explicaba así: “los ciudadanos que se acostumbran a recibir subsidios y ayudas sociales pierden su independencia y sentido personal de dignidad. Quedan sometidos a los dictados y caprichos del funcionario o autoridad que les da la limosna. Los tratan como a niños o incapacitados, no como adultos responsables.
Quedan atrapados en un sistema que aniquila su iniciativa. Ante la posibilidad de empleo o trabajo real mejor que la ayuda social, temen aceptarlo porque si lo pierden podrían pasar meses antes de recuperar la incondicional dádiva estatal o ayuda social. El resultado es un ciclo que se perpetúa a sí mismo, en vez de un apoyo temporal y focalizado”. Friedman se refiere aquí al efecto sobre los recipientes.
El daño a las finanzas públicas —y las tentaciones para la corrupción— es otro tema. El subsidio no crea riqueza. ¡No más palabras, magistrados!
