
La agrura del mal vivir, en un sentido emocional y espiritual más que material, llena los ambientes de una “mala vibra” que dificulta todo. La cortesía y buena fe en las interacciones sociales son indispensables para crear la confianza recíproca que facilita la convivencia, los negocios y la vida en sociedad.
En abril pasado comenté que cada día más instituciones reconocen el profundo y perdurable impacto de la amabilidad como un activo intangible que estimula el progreso y el desarrollo nacional por un efecto social acumulativo de escoger la bondad como fundamento de la colaboración.
El National Institute of Health de Estados Unidos, autoridades médicas de la Unión Europea y las escuelas de negocios más acreditadas, estudian las crecientes evidencias y data científica que demuestran que ser amables y altruistas posee gran importancia socioeconómica. Antes este asunto era más común en el estudio de la filosofía, la religión o las ciencias sociales afines a las humanidades, más que la economía o la medicina.
Tiene enorme trascendencia que científicos e investigadores sociales coincidan en que ejercer la bondad es mucho más que una virtud o atributo moral.
Es, en efecto, una palanca relevante en contextos institucionales, empresariales, profesionales, familiares y hasta políticos.
Ser habitualmente amable mejora la salud, el bienestar psicológico, la productividad y la innovación, con efectos enriquecedores en los negocios y el PIB de las naciones.
También fortalece la legalidad. Es un rasgo de carácter muy valorado en líderes que, al modelar empatía, altruismo, respeto y ecuanimidad bajo presión, determinan un patrón cultural que puede emularse. Con sencillos gestos fortalecemos la confianza, construimos comunidades e impactamos más allá de lo económico. ¡Seamos más amables!
