
El descrédito del oficio de periodista tiene bastante que ver con la confusión de trepadores que nunca aceptaron que dos aspectos distintos y legítimos de la comunicación social jamás deben ejercerse simultáneamente.
Es el básico precepto ético que impide a un reportero, editor o empleado de medios o productor en televisión o radio, cuyo asunto es la noticia, ser al mismo tiempo relacionista o asesor de prensa o imagen de personas o empresas o sus empleadores. Imposible servir lealmente a dos amos, desdeñando al público.
La obviedad hace vulgar explicarlo, pero es muy común. Algunos adoptan el absurdo título de “comunicadores”, como si algún grupo dentro de la raza humana en uso de sus facultades estuviera impedido de comunicarse hasta con señas.
La diversidad y pluralidad mediática y de prensa muestra cómo dos diarios de un mismo dueño ofrecen en una semana cinco portadas tan diferentes que parecen de países distintos, uno rumbo a un futuro esplendoroso y otro al borde del precipicio.
Paradójicamente tienen razón ambos. Recientemente sentí náuseas al ver cómo veteranos comunicólogos muy exitosos como “empresarios” -pese a ser casi analfabetas con pocas lecturas ni estudios- invocan su compromiso político o partidista como comodín de impunidad para sus negocios. Me ha tomado medio siglo entender por qué mi papá palideció cuando me dediqué al periodismo, vergüenza incurable…
