Ver y ser visto

2 de junio de 2021
Por José Báez Guerrero

En las últimas décadas el negocio de los restaurantes en Santo Domingo ha cambiado mucho. Mientras antes lo principal era la calidad del servicio y la comida, ahora al parecer es igual o más importante que sea un lugar para ver y ser visto. Quizás aprovechando esa debilidad de carácter o vanidad de muchos clientes, algunos establecimientos ofrecen un menú mediocre a precios exorbitantes. 

En mis recuerdos de hace casi medio siglo sobresalen el Lina con su “Coquille St. Jacques” y su langosta Thermidor; el Jai Alai y sus borales al horno; el “pan chino” de Mario y el Pez Dorado y el carrito de antipastos del Vesuvio; las palomas guisadas o sardinas a la brasa del Vizcaya. Todavía existen el Boga-Boga con sus paletillas de cordero y buenos arroces; el don Pepe con sus centollos y cajuiles en almíbar; el Cantábrico con caldos “revive-muertos”. 

Pero la mayoría de los jóvenes, aun con las restricciones del COVID, equiparan salir a comer con pasar un rato en bonche más que como experiencia gastronómica.

José Báez Guerrero

Abogado, escritor y periodista dominicano.

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