Hace meses, cuando una de las deidades menores del parnaso criollo de la auto-invocada incorruptibilidad fue designada en una delicada función pública, opiné que es mejor halar la carreta con bueyes ajenos si los propios no sirven, pero uncir a la yunta a bestias incapaces de pisar el fango augura mala cosa… Diunavé llovieron las llamadas alegando que la modestia patrimonial denota honestidad. ¿Hasta cuándo seguiremos creyendo que la corrupción es sólo robar dinero? La deshonestidad intelectual, medrar en la política a la caza de empleos gubernamentales (¡hasta “honoríficos”!) o traicionar cualquier confianza merecedora de respeto, me parecen formas de corrupción tan deleznables como cualquier otra.
Corromper es alterar o trastocar algo; echarlo a perder, depravar, dañar o podrir; sobornar a alguien con dádivas o de otra manera. Pueden corromperse o viciarse las costumbres o el habla (¡o las EDE!).
Su etimología es latina y teológica. “Corruptionem” se refería a destruir o dañar, especialmente por desintegración o descomposición. Una gran definición, por los matices de pervertir tras la presunción de integridad o virtud cívica del corrompido, es del diccionario de Oxford: “la perversión de la integridad por soborno o prebenda”, Webster dice que corrupción es “la perversión moral, depravación” y su antónimo es la honestidad.
Es inolvidable la respuesta de Balaguer a un adversario que insistentemente atribuía flagrante corrupción a integrantes del Gobierno.
“Sobre las denuncias en la prensa de funcionarios corruptos” -dijo el estadista- “díganme, ¿a quién pongo? ¿¡A quién?!”. La penosa realidad social nuestra es que, con raras excepciones, quienes no se corrompen por el poder es porque no han llegado y la fila para subir o volver es larga. Y ni hablar de capacidad, destrezas o idoneidad.
