
Es fácil destruir lo que no se ama. A fines de agosto de 1944, Hitler ordenó obliterar con fuego a la capital francesa antes de que los nazis huyeran por los avances de tropas estadounidenses.
Sus generales desobedecieron para salvar a los parisinos y su patrimonio cultural. En 1858, cuando los ineficaces golpistas de Santiago no lograron tumbar a Báez con una fallida revolución, trajeron del exilio a Santana, quien bombardeó la capital y amenazó con destruirla a cañonazos. Báez prefirió irse al exilio antes que combatir al bárbaro al precio de ver a Santo Domingo derrumbada y sus vecinos civiles aniquilados.
Esta semana, tras la visita del papa a Francia, decenas de escuelas, viviendas y vehículos han sido incendiados por jóvenes africanos y árabes, mayormente refugiados o inmigrantes ilegales, incitados al parecer por criminales al servicio de comunistas prorusos.
Es su reacción a las manifestaciones de centenares de miles de franceses que acudieron a las misas del pontífice, donde este hizo un llamado a defender los valores cristianos y a la Iglesia.
Ante los embates de inmigrantes empeñados en controlar políticamente a Europa, la religión unifica a ciudadanos de distintas preferencias partidistas en esa república secular donde el catolicismo ha menguado notablemente.
Todo esto es una premonitoria advertencia de qué puede sobrevenir si aquí continuamos renunciando al efectivo control legal de enclaves de inmigrantes haitianos, cuya tradición es similarmente incendiaria y contraria a las libertades democráticas.
